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D. Juan José Segarra Gómez
¿Qué me falta? Esa era la pregunta que a D. Juan José Segarra Gómez, sacerdote de la Archidiócesis de Valencia, le rondaba por la cabeza casi durante toda su juventud y, aunque pasaban los años, no encontraba respuesta. Fue gracias a un buen amigo, que le aconsejó ir a una convivencia de la parroquia, donde D. Juan José se experimentó frente a Jesucristo y que Él era lo que tanto estaba buscando. Han pasado veinticuatro años desde que dijo su sí al Señor como sacerdote y no duda en afirmar que ser ordenado sacerdote es lo más grande que le ha sucedido en la vida. En este bloque le escucharemos reflexionar acerca de temas como estos: por qué no se puede modificar la Liturgia y el deber que tiene todo católico de custodiarla y defenderla; la necesidad de acudir al Sacramento de la Penitencia con verdadero arrepentimiento y con fe de que es Cristo mismo quien perdona; la disponibilidad del alma ante la voluntad de Dios…
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¿A qué se compromete un sacerdote? A entregar su vida a Dios para toda la vida. D. Juan José Segarra Gómez, sacerdote de la Archidiócesis de Valencia, nos explica que, sin una mirada de fe, pudiera parecer que ordenarse sacerdote es solo firmar unos papeles que cuando uno quiera puede romper. No es así. Lo que en una ordenación sacerdotal sucede es la entrega total de una persona a Jesucristo para que disponga de él en cualquier momento y lugar para hacerse presente entre los hombres. Debido a esto, se realiza un largo discernimiento y formación para verificar que realmente existe una llamada de Dios y que el candidato está dispuesto a entregarlo todo. Y es entonces cuando será convocado para este gran día, cuando será sellado por Dios, como otro Cristo, para la eternidad.
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D. Juan José Segarra Gómez es un sacerdote de la Archidiócesis de Valencia. Durante su juventud, familia, estudio y deporte eran las cosas que rodeaban su vida y él pensaba que eran lo suficiente para ser feliz. Pero, poco a poco, fue experimentando un vacío tan grande que no podía llenar con nada de lo que poseía materialmente. Gracias a una buena amistad acudió a una convivencia. Tenía 26 años. En una adoración eucarística experimentó que ahí mismo, delante de él, se encontraba presente Jesucristo vivo, y que Él era el único que podía llenar ese vacío que le invadía. Tras un largo discernimiento, descubrió que Cristo no solo quería saciar su vacío, sino que además lo elegía para ser íntimo testigo de su Palabra siendo su sacerdote.



