El diálogo (1958-1978) (II) 5/8
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- Categoría: Introducción a la Doctrina Social de la Iglesia
Actualmente se usa el término «diálogo» con mucha frecuencia en la Iglesia católica, pero descubriremos en este programa de «Un ancla en la tormenta» que el uso de este término es mucho más antiguo. Nuestro itinerario en esta «Introducción a la Doctrina Social de la Iglesia» nos lleva hoy a examinar los documentos de los pontificados del papa san Juan XXIII y del papa san Pablo VI, especialmente los del Concilio Vaticano II, que nos muestran la búsqueda esmerada del diálogo de la Iglesia con todos, aunque no de forma indiscriminada, pues establece círculos necesarios de diálogo para distinguir entre creyentes y no creyentes, cuya propia dignidad humana les impone el deber de buscar y vivir en la verdad. Además, veremos el papel de los laicos y su vocación de ordenar las realidades temporales hacia Cristo, y cómo la Iglesia peregrina avanza juntamente con la humanidad, peregrinando hacia Cristo, quien es «punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización» («Gaudium et Spes» 45). Así, nos abre nuevas formas de entender la relación entre la Iglesia —sacramento universal de salvación— y la unión del género humano con Dios y entre sí, impeliéndonos a ser testigos de Cristo en todos los ámbitos de la sociedad actual.
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Comenzamos este bloque de «Un ancla en la tormenta» examinando las virtudes teologales, que recibimos como don gratuito en el bautismo, y sin las cuales no podremos alcanzar nuestra meta de ser santos. D. Tomás Trigo Oubiña —doctor en Teología Moral, especializado en las virtudes, y profesor jubilado de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (Pamplona, España)— explica que la virtud teologal de la fe, una de «Las virtudes fundamentales», se basa en un testigo en quien podemos confiar: Dios mismo. Es una iniciativa divina, a la cual cada hombre debe responder, asintiendo a la verdad revelada por Dios en la persona de Jesucristo. Esta disposición de apertura es esencial y solo se da cuando uno la quiere tener y humildemente acepta creer en lo que no entiende, pues la fe es un misterio que no se agotará por la inteligencia humana. Por último, recorrerá las características de la fe, que son su universalidad, su necesidad para la salvación, y su orientación hacia la caridad, sin la cual está muerta. Teniendo tan grandes tesoros en vasijas de barro, debemos cultivar nuestra fe, buscando oportunidades para formarnos, sobre todo en la familia y con el Catecismo de la Iglesia Católica.
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