El beato Ricardo Pla Espí 2/6
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- Categoría: Sacerdotes mártires valencianos del siglo XX
D. Arturo Climent Bonafé, canónigo de la Catedral de Valencia y escritor, nos presenta en este programa al beato Ricardo Pla Espí. Ricardo nació el 12 de diciembre de 1898 en Agullent (Valencia). Siendo aún muy pequeño manifestó su deseo de ser sacerdote. Sus padres se alegraron enormemente por la noticia, pero, debido a su corta edad, tuvo que esperar largos años, hasta que el 19 de marzo de 1922 fue ordenado sacerdote. Debido a su claridad a la hora de predicar y a su gran don de gentes, fue arrestado una primera vez, junto a sus padres y hermana, el 25 de julio de 1936. En esta ocasión fue salvado por un hombre misterioso al que nadie conocía. Lamentablemente, no duró mucho en libertad. Cinco días después volvió a ser arrestado. Esta vez ya no había escapatoria. Debía escoger entre morir por ser fiel a su fe o renunciar a ella para seguir viviendo. Sin dudarlo siquiera, Ricardo Pla Espí escogió ser fiel hasta el final.
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Comenzamos este bloque de «Un ancla en la tormenta» examinando las virtudes teologales, que recibimos como don gratuito en el bautismo, y sin las cuales no podremos alcanzar nuestra meta de ser santos. D. Tomás Trigo Oubiña —doctor en Teología Moral, especializado en las virtudes, y profesor jubilado de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (Pamplona, España)— explica que la virtud teologal de la fe, una de «Las virtudes fundamentales», se basa en un testigo en quien podemos confiar: Dios mismo. Es una iniciativa divina, a la cual cada hombre debe responder, asintiendo a la verdad revelada por Dios en la persona de Jesucristo. Esta disposición de apertura es esencial y solo se da cuando uno la quiere tener y humildemente acepta creer en lo que no entiende, pues la fe es un misterio que no se agotará por la inteligencia humana. Por último, recorrerá las características de la fe, que son su universalidad, su necesidad para la salvación, y su orientación hacia la caridad, sin la cual está muerta. Teniendo tan grandes tesoros en vasijas de barro, debemos cultivar nuestra fe, buscando oportunidades para formarnos, sobre todo en la familia y con el Catecismo de la Iglesia Católica.
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