Intervenciones papales en el Concilio 3/8
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- Categoría: El Concilio Vaticano II
A lo largo de las sesiones del Concilio Vaticano II, encontramos la intervención de tres papas. Curiosamente, con el tiempo, los tres han sido canonizados. Son: san Juan XXIII, san Pablo VI y san Juan Pablo II. D. Pablo Blanco Sarto –profesor de Teología Dogmática en la Universidad de Navarra– comienza su reflexión acerca de las «intervenciones papales en el concilio» con Juan XXIII, su iniciador y quien dispuso las bases sobre las que el concilio debía tratar. Seguirá con Pablo VI, que se encargó de desarrollar el proyecto de Juan XXIII y hacer de intermediario entre los diferentes participantes en el concilio. Y terminará con el entonces cardenal Karol Wojtyla, futuro papa Juan Pablo II, que influyó muy positivamente en el desarrollo de la constitución «Gaudium et Spes». El Card. Wojtyla fue aplicando lo que se iba definiendo en el concilio en su propia diócesis de Cracovia (Polonia). Veinte años después del mismo, ya, Sumo Pontífice de la Iglesia católica, convocó un concilio extraordinario para evaluar los resultados obtenidos hasta ese momento.
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Comenzamos este bloque de «Un ancla en la tormenta» examinando las virtudes teologales, que recibimos como don gratuito en el bautismo, y sin las cuales no podremos alcanzar nuestra meta de ser santos. D. Tomás Trigo Oubiña —doctor en Teología Moral, especializado en las virtudes, y profesor jubilado de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (Pamplona, España)— explica que la virtud teologal de la fe, una de «Las virtudes fundamentales», se basa en un testigo en quien podemos confiar: Dios mismo. Es una iniciativa divina, a la cual cada hombre debe responder, asintiendo a la verdad revelada por Dios en la persona de Jesucristo. Esta disposición de apertura es esencial y solo se da cuando uno la quiere tener y humildemente acepta creer en lo que no entiende, pues la fe es un misterio que no se agotará por la inteligencia humana. Por último, recorrerá las características de la fe, que son su universalidad, su necesidad para la salvación, y su orientación hacia la caridad, sin la cual está muerta. Teniendo tan grandes tesoros en vasijas de barro, debemos cultivar nuestra fe, buscando oportunidades para formarnos, sobre todo en la familia y con el Catecismo de la Iglesia Católica.
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